Nací en Pereira, Colombia, y crecí en Medellín. Desde joven inquieta, atraída al mundo invisible —tanto etérico como artístico— encontré en las manos una manera de llegar a él. Mi curiosidad por la gente, de ver el cuerpo como cuento, me llevó a formarme como maquillista para cine y televisión en Vancouver, Canadá.
Tras diez años trabajando en el medio, la búsqueda de coherencia me hizo reconsiderar el rumbo. Después del sacudón de la pandemia, con total inocencia, tomé clases de cerámica en la Ciudad de México —país al que el maquillaje me había llevado— y de manera inesperada, encontré una certeza.
Descubrí que lo que me atraía del maquillaje y de la cerámica era lo mismo: la vida, el tiempo y la relación entre quienes somos, cómo vivimos y dónde estamos. Actualmente vivo en Coatepec, Veracruz, lugar al que me trajo la tierra, donde continúo aprendiendo este oficio, trabajando con arcillas que recolecto y quemando en un horno de leña, en diálogo directo con el fuego.
Veo la cerámica como una metáfora precisa de la vida; por eso la escritura acompaña mi práctica como otra forma de amasar y contener memoria.