Estas piezas surgieron durante mi estancia en el taller de Gustavo Pérez en 2025.

Fueron quemadas a baja temperatura y posteriormente intervenidas con maquillaje y otros materiales no convencionales, sellados para fijar su superficie. Más que un acabado, este proceso fue una extensión natural de mi oficio como maquillista: una forma de volver a la piel, pero desde el barro.

Cada pieza responde a un momento específico de transición personal y artística. Son registros de un cambio de rumbo, donde la forma dejó de obedecer a la función y comenzó a escuchar otras posibilidades. Son pieles, vestigios de un proceso. Fragmentos donde el maquillaje dejó de cubrir para volverse materia.

Acompaña este cuerpo de obra un texto donde comparto el proceso y los pensamientos que atravesaron su realización: La piel toca pero también sabe